'Knock at the cabin' o 'El apocalipsis fue ayer'.

El peligro de la autocita y peor aun, de la autoironía, es tal que ni siquiera los más grandes creadores han podido sustraerse del todo a sus efluvios más sutiles: Cortázar, Borges, Joyce, Faulkner, Böll, Poe... todos han debido toparse cara a cara con la tentación de seguir derroteros trillados y facilitar un mucho o un poco el proceso creativo.

Esto no es algo que se circunscriba al ámbito de la literatura: en la música, en la pintura, también abundan los ejemplos. Y aunque a nadie le está prohibido auto-citarse, o la re-elaboración de temas, leitmotivs y demás, también es cierto que su aparición constante causa tedio, hastío y hablando en términos generales, el opacamiento de toda la obra en conjunto.

El caso de Shyamalan es lamentablemente conocido, después de la genialidad que impulsó e hizo eclosionar obras que en los años noventa fueron verdaderos parteaguas y también, obras con una firma personalísima -y también por desgracia, fácilmente imitable- el recurso de esa 'vuelta de tuerca', el giro inesperado como signature devino en la parte más reconocible y al mismo tiempo, uno de los aspectos que más limita sus últimos filmes. Si pensamos en ese reciente par de fiascos, The visit [2015] y Old [2021], habremos de asentir en que el recurso ya mencionado intenta rescatar obras que cuando consiguieron salir del guion ya agonizaban de la forma más lamentable.

Así, Knock at the cabin intenta zafarse de tal artificio, ganando muchísimo con ello. Y aunque desde las primeras tomas resulta evidente que nos encontramos ante una recreación o interpretación personalísima del último libro que compone el canon de las escrituras cristianas, no cede a la tentación de insuflar los personajes amenazantes con poderes sobrenaturales o capacidades más allá de las meramente humanas.


Shyamalan no se permite jugar con el guion ni explorar teologías abstractas o que quiera hacer calzar como un yelmo ajeno a cada uno de los personajes. Ante la divinidad nada queda por hacer y no es posible una negociación. Tampoco exigir que haya, exista una lógica, algo que justifique aquello que escapa a todo intento de contextualización.

Cuando esa serie auspiciada y producida por el gigante de la letra N, Messiah, fue cancelada justo al aparecer en la plataforma, hubo reacciones en más de un sentido por la decisión de la empresa generadora de contenidos multimedia. Messiah emparenta con Knock at the cabin y también con aquella otra serie de HBO que juega con la doctrina del 'rapto' tan afincada en ciertos círculos cristianos en Norteamérica. Intentar comprender, aprehender el sentido último de acciones, deseos, decisiones, omisiones resulta tan orgullosamente lamentable y patético como intentar explicar los cuatro temperamentos.

Al evitar ahondar en vericuetos que no ofrecen -y no podrían ofrecer explicación alguna-, Shyamalan opta por seguir un sendero a través del cual los personajes puedan moverse sin correr el riesgo de perderse en cavilaciones que poco o nada aportarían a la historia. Así, yéndose al otro extremo, Shyamalan hilvana su filme con las mismas puntadas que anteriormente utilizara Umberto Eco al escribir 'L'isola del giorno prima'. En esta, Eco juega con una pregunta inmediata y absurda: ¿dónde comienza el día, dónde comienza el tiempo? Shyamalan, traspasando la misma interrogante a un plano actual, deconstruye la realidad preguntándose qué es lo inmediato, si es aquello que nos muestra la televisión, el internet, si es aquello que llega a nosotros tamizado y filtrado por los sentidos, si es aquello que nosotros visualizamos y como si fuese una premonición, nos permite poner -por decir algo- una taza de café sobre la mesa que beberemos cuando la cafetera deje de procesar la bebida.

Knock at the cabin, Messiah, The leftovers, juegan con un mismo axioma. Estamos imposibilitados para reconocer -y ni qué decir, par admitir o asimilar- lo extraordinario o sobrenatural, lo divino, en nuestra vida de todos los días. Si apareciese un Cristo, si el cielo se abriese llevándose a algunos cuantos elegidos, si los mensajeros de la muerte y la plaga se plantasen frente a las puertas de nuestra casa, no seríamos capaces de darnos cuenta. Hemos amoldado los ojos, los oídos y el intelecto a las manifestaciones grandilocuentemente vacías de los mundos marvelitas. Y por ello el último filme de Shyamalan es algo que se agradece.


Claro que tenemos sus tomas, sus diálogos, sus flashbacks, todo lo que Shyamalan sabe hacer y que le sale tan bien. Y al mismo tiempo, también tenemos un refrescante aire que, no nos habíamos dado cuenta, necesitábamos con urgencia.

1757
Nam stat fua cuiq~ dies, breue et irreparabile tempus.

Comentarios