Hay canciones que se deben a un solo intérprete: De José José a Luis Miguel.


Rescatada del olvido infame, la figura de Farinelli nos ha llegado matizada con pinceladas de leyenda, morbo y fascinación por partes iguales. Subsisten no los registros de su voz, sino la música que fue escrita específicamente para él, y lo que él escribió como después haría Paganini: obras pensadas para ser interpretadas única y exclusivamente por su autor.

La música, entendida como un proceso complejo que requiere la invención del compositor, la habilidad del ejecutante y la educación o sensibilidad del oyente, no ha sufrido mayores cambios desde los tiempos prehistóricos en los que la humanidad se refugiaba en cavernas, antes de comenzar a construir sus propias chozas. [Conviene hacer una aclaración, curándonos en salud: con frecuencia cada vez menor, el compositor asume también el papel de ejecutante.]

Por ello, existe una equivalencia perfecta entre el ingeniero de sonido que, encerrado en su laboratorio mezcla las pistas que se emitirán vía internet en diferentes 'streams' a oyentes que jamás conocerá, y aquel ejecutante anónimo que golpeaba maderos, rocas y huesos [simplificando en extremo] para obtener los ritmos que aquellos oyentes primitivos escucharían agradecidos, al amparo de la noche.

Así, la ejecución musical ha requerido de una u otra forma, la asistencia del oyente y se ha pensado teniendo esto en cuenta. Incluso, el ejecutante en sus largas horas de estudio sería incapaz de alcanzar progreso alguno en su técnica, si no se situase críticamente, como si de un desdoblamiento se tratase, frente a lo que ejecuta, de forma automática e instantánea.

Con todo, la música puede ser también abordada [entendida] como un proceso susceptible de estar 'abierto' o 'cerrado'. Umberto Eco en Opera Aperta puntualizó sobre esto, y no es necesario ahondar en los vericuetos semióticos de estructuras, discursos y contextos para advertir que la diferencia abismal que existe entre las obras de Bach y Chopin [simplificando nuevamente] obedece no sólo a un capricho estético, sino que también se debe en gran parte a las limitaciones de tipo físico y técnico que tenían los compositores ante sí. Es por esto que la obra de Bach, instrumentalmente hablando puede considerarse 'abierta' y las composiciones de Chopin como 'cerradas'.

Transcribir a Bach ha sido un ejercicio académico abordado por generaciones y generaciones de compositores y no pocos intérpretes de todo calibre. En cambio, la obra de Chopin, pensada y concebida para ejecutarse directamente en el piano, conoce muy contadas adaptaciones portadas a otro instrumento.

Lo más extraordinario en ambos casos, es la capacidad intrínseca de portar un sello, que permite identificar sin dejar resquicio alguno para la duda, al autor y la época en la que ha compuesto. Así, hay música que ha envejecido tremendamente -pensemos en alguna pieza de Gershwin o Kapustin- y, a pesar de los pesares, música que pareciera escapar al capricho del tiempo, como algunas cantatas de Bach y algunos conciertos de Vivaldi.

Pasemos ahora a la cuestión de la conservación, lo preservable. 

Este agregado, la capacidad de fungir como porta-estandarte de una época y un ámbito, es lo que podemos apreciar en las escuelas y corrientes estéticas. La identidad de lo colectivo, que permite en virtud de sus integrantes, una gradación quasi microscópica que generalmente se traduce en riqueza y amplitud. También, hay que mencionarlo, esto lleva al surgimiento de 'representantes' que frecuentemente terminan erigiéndose como 'ideólogos' de tales corrientes y movimientos.

Los tiempos actuales, fragmentados y dispersos, ofrecen pocas soluciones y de entre estas, no todas corren con el mismo éxito.

Ya se mencionó que, las obras vinculadas explícitamente a un entorno, una escuela, adolecen los mismos males y ostentan las mismas virtudes. No obstante, esto mismo se refleja en otros ámbitos, fuera de los círculos académicos, o si se quiere, aristocráticos. Las famosísimas Carmina Burana son una muestra de esto, tal como el Cancionero de Uppsala.

Pero, ¿a qué viene semejantes divagaciones, poco probable visitante y lector?

El éxito instantáneo conlleva el olvido instantáneo. Y en la escala histórica, un instante puede abarcar con facilidad la vida de Bach, Beethoven, o algún monje goliardo perdido entre tabernas y enagüas. [31/10/19 12:16]

Antes de que brincase el nuevo siglo con su milenio a cuestas, y antes de que el prodigio de doble filo llamado Internet hiciese desparecer las murallas geográficas y espacio-temporales, la composición orientada a la satisfacción 'del gran público' debía toparse con un par de factores insoslayables: cuál era el público al cual iban destinadas las canciones, y quién sería el interprete al que estarían dedicadas tales canciones.

No en vano las décadas de los años sesenta, setenta, ochenta y todavía, noventa, fueron el semillero de intérpretes que recibían en bandeja de plata canciones, proyectos musicales que cubrían álbumes e incluso géneros completos.

En nuestro país, pienso, al menos, en dos exponentes que ejemplifican este proceder: el ya fallecido José José, y quien ha causado furor con su 'bio-serie': Luis Miguel.

Pocos entre pocos serán quienes se atrevan a medirse con las canciones interpretadas por José José. Y quienes lo han hecho, han topado precisamente no con la música, sino con la capacidad vocal del destinatario de aquellas canciones, hechas para el lucimiento y que exigen sostener y alargar notas en tesituras que resultan, si no difíciles, por lo menos sí vocalmente incómodas para un intérprete aficionado. Y corriendo los tiempos que corren, otro aspecto que resalta es la 'inconveniencia' actual de muchas de sus letras: quizás la mayoría no pasaría la criba establecida y defendida por el movimiento de los paliacates verdes.

El caso de Luis Miguel resulta curioso en demasía. La parte más pública y asequible de su vida, y abordada en su bio-serie, se centra en aquel ejercicio gimnástico que le requirió sesiones maratónicas de vocalización y estudios, cuyo resultado es una discografía que comparte similitudes con la de José José: canciones estructuradas, pensadas nota por nota para una voz y una tesitura bien definidas.


Si por un lado, es innegable el peso que tuvo sobre el ánimo, el desarrollo psicológico y emocional aquel maratón de ensayos y presentaciones en público sobre el cantante, también es cierto que sin tales elementos su voz por sí sola no había podido conseguir el fervor de admiradoras que hoy casi están a punto de rozar la cincuentena.

También ayudó -y no es algo que deba obviarse o pasarse por alto- que una parte no minúscula de la discografía de este último incluyese covers tomados de diferentes artistas que previamente ya los habían convertido en éxitos sonados, además de vertirse sobre los aspectos más inmediatos y padecidos por adolescentes y jóvenes: los amores no correspondidos o imposibles, la rendición ante la mujer amada o simplemente, el gusto y disfrute de las noches de fiesta.

¿Cuánto más soportarán el peso y paso del tiempo las canciones de ambos intérpretes? Quizás un día llegarán a ser como aquellas canciones viejas que escuchaban nuestros abuelos, donde los rancheros mataban a balazos a la mujer amada, o finiquitaban del mismo modo al amante que osaba hacerles competencia. Hijas de su tiempo y su circunstancia, esas canciones tienen la bendición y maldición en partes iguales, de deberse a un solo intérprete, y también de no poder escapar del fin para el que fueron creadas. [11/09/2022]

[Esta entrada se quedó en el tintero casi tres años. Reciente el fallecimiento de José José, en aquel 2019 y con los escándalos que cubrieron la televisión y demás medios informativos, habría parecido que la intención era hacer leña del árbol caído. Así que, revisando entradas viejas en este blog dejado de la mano de Dios, he podido finiquitar este asunto pendiente.]

1730.
Nam stat fua cuiq~ dies, breue et irreparabile tempus.

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