Obsidiana inglesa: 'Black mirror' y la pesadilla mediática.

Comencé a seguir esta serie, por una circunstancia fortuita. Al finalizar los créditos del 3er. episodio de 'Utopia', un spot mencionaba el inicio de la 2da. temporada de 'Black mirror', cuyas imágenes, perturbadoras a cual más, estaban centradas en una eterna y omnipresente pantalla de cristal líquido.

Así pues, buscando en la red de redes, encontré que esta serie minimalística y perfeccionista, está siendo lanzada en temporadas que cuentan sólo 3 episodios. Cada uno de ellos independiente de los demás, pero todos enlazados por un enfoque paranoico, descarnado, de la influencia de los medios en nuestra vida diaria, y cómo se proyecta un presente dentro de un futuro donde lo visual es la norma, y dicta finalmente las tendencias ergonómicas a seguir.

Robótica, inteligencia artificial, realidad virtual, el Big Brother encarnado en cables, antenas y cámaras, la Ética basada en la opinión pública. Póngale nombre, todo está allí.


S01E01: The National Anthem.

El argumento es risible. Risible en extremo. Vamos, los primeros cuarenta y cinco minutos, se disfrutan al borde de la hilaridad.
 Imagine usted un país monárquico, donde radicalistas-extremistas raptan a la princesa. Mujer muy guapa, todo un espectáculo, aparece de pronto en Youtube, rogando por su vida, enfundada en un costosísimo vestido de diseño exclusivo, y con un maquillaje perfecto que va descomponiéndose conforme lee lo que sus captores le exigen que dicte a la cámara. El primer ministro deberá fornicar con un cerdo -una cerda, en este caso-, en cadena nacional, a las 4 de la tarde en punto. De lo contrario, matará a la princesa, y el video de la ejecución será visto, nuevamente, en Youtube.


El primer ministro duda, trastabillea. Su equipo de trabajo descarta por principio que pueda realizarse lo que los captores piden. Buscan un truco, un actor porno que represente al ministro, pero que realmente copule con la cerda.
Se acerca la hora cero, los captores perciben la estratagema, y aparece un video en Youtube, esta vez con la princesa gritando y gimiendo, mientras un captor cercena un dedo, mostrándolo a la cámara. No estamos para juegos.
El aparato judicial entra en acción. Imposibilitados para encontrar al captor, toman las medidas -muy limitadas y pobres al fin y al cabo- necesarias, y la familia real se comunica con el ministro.
A la transmisión se superpondrá un sonido chillón, que impedirá que el audio original sea escuchado. También, cualquier copia del evento será considerada una transgresión grave jurídicamente hablando, y se ordena explícitamente que los usuarios comunes apaguen sus televisores en punto de las 4 de la tarde.


El primer ministro debe ceder. Su mujer comenta: 'No podemos perder a la Princesa Ana. Ella es la alegría de nuestro país'.
En este punto, lo risible se torna siniestro, un verdadero golpe en la boca del estómago. Las calles se vacían. La población quita el volumen a los televisores, y quienes tienen la posibilidad, graban la transmisión en vivo. El primer ministro fornica en público, con un animal.
No obstante, la princesa ya ha sido liberada. La nación que asiste embelesada a la transmisión televisiva, está imposibilitada para percibir la liberación de la princesa.
Los espectadores enmudecen. Lo gracioso se torna grotesco, hay quienes vuelven el estómago apenas pasados unos segundos de la transmisión.
Y los captores no son tales. Es sólo uno, a quien el gobierno le otorgara un premio, y que no encuentra forma idónea como esa para demostrar la enajenación del pueblo. El dedo cercenado no es ficticio, se lo cercenó él mismo, y lo mostró ante la cámara: a ese punto debía llegar la exposición de sus principios y acusaciones.
Y mientras unos vuelven el estómago, ese disidente se suicida, ahorcándose frente a la televisión que le muestra a un primer ministro haciendo lo que él demandó, y poniendo en entredicho todo el sistema de valores tanto éticos como políticos. La imagen, la cohesión popular, son el verdadero poder de nuestros días.

S01E02: Fifteen Million Merits
Contraviniendo lo visto en el primer episodio, la trama complejísima de este capítulo consigue ser disfrazada de un argumento que cabe en un solo párrafo:
En un futuro cercano, el único trabajo de los obreros será generar energía eléctrica para que los más pudientes lleven una vida de confort, comodidades y lujos exacerbados. Utilizando un método arcaico mas efectivo, al 'pedalear' para poner en movimiento generadores de corriente irán acumulando créditos, que les costearán desde la pasta de dientes hasta la posibilidad de participar en un concurso de talentos, cuyo premio principal consiste en la abolición de esa obligación de pedalear, para ser un cantante con presencia en todas las pantallas del país. El costo del boleto es de 15 millones de créditos, algo equivalente a pedalear por seis meses sin consumir apenas nada para el bienestar propio.


Lo complejo de la trama es la nerviosa inclusión de pequeños detalles, capaces de re-crear un mundo con su propia lógica, basado en sus propios principios. Desde el protagonista encerrado en su cubículo minúsculo con paredes que son una sola enorme pantalla de cristal, hasta la 'personalización' de un avatar y la interacción con otros avatares y la disociación de estos de las 'personas de carne y hueso', la trama no pasa por alto elemento alguno que el más exigente espectador pudiera reclamar.
El trato con los demás, enfatizado en ese desprecio sistemático hacia la gente obesa, y la búsqueda de algo más fuera de la mencionada 'personalización' del avatar, remata el ambiente y la situación ya provistos.


El protagonista paga por un boleto para una compañera de trabajo, con quien ha surgido una relación afectiva que sin llegar a ser 'sentimental' en el sentido actual del término, sí deja vislumbrar la posibilidad de algo más íntimo y personal.
Llegados al concurso, termina el cuento de hadas.
Los jueces escuchan, el público aplaude, aquel es un éxito que se antoja ya alcanzado. Mas productores y jueces tienen algo más en mente: no les interesa buscar una nueva voz para saturar aún más el catálogo existente, quieren una estrella porno, que sea capaz de encender los ánimos de cualquier espectador.
Acuciada por la droga ingerida antes de subir al escenario, la protagonista acepta. Ha llegado hasta ese punto no para retroceder, sino para sobresalir, al costo que sea, incluso si esto implica y exige la renuncia a su propia voluntad, a lo poco que aún queda de su dignidad.



Los espectadores-avatares gritan, emocionados por la respuesta. Ella será el nuevo rostro de los encuentros sexuales más tórridos y esperados.


Pero hay alguien que no comparte esa euforia, y encerrado en su celda tecnológica, no puede apagar la proyección: no tiene los suficientes créditos en su cuenta. Gime, llora, maldice, grita, rompe la pantalla, el espectáculo no se apagará, y él está forzado a mantener abierto los ojos, sin perder detalle alguno de aquel nuevo espectáculo.


Su plan, una vez tocado el fondo, es efectivo y simple: pedalear nuevamente hasta poder conseguirse otro boleto para el concurso, esta vez él tiene algo por decir a los jueces.

Armado con un cristal puntiagudo, tomado de la pantalla rota de su habitación, se presenta en el concurso danzando un baile frenético, es bien recibido por la audiencia. Pero al ser minimizado por los jueces, aprovecha la ocasión y desahoga todo lo que se ha guardado en esos meses, encerrado en su celda, y obligado a mirar la imagen cada vez más deteriorada de su compañera, rebajada aún más tras cada encuentro sexual transmitido en directo.



Los jueces enmudecen. Pero ellos son, finalmente, los amos de ese juego, y nadie mejor que ellos para saber cómo mover las piezas -y a los participantes- a su favor.

Le ofrecen un horario estelar, media hora una vez a la semana, para que diga y despotrique contra el sistema. Será beneficioso, incluso hasta saludable, para el sistema, escuchar lo que él tiene que decir. Hace falta la voz antagonista, que represente finalmente, a ese amplísimo sector que tiene quizá voto, pero no una voz y mucho menos una identidad, para representarse a sí mismo.


Él acepta.

Y el guión nos deja sin resolver las preguntas más esperadas, el por qué, el para qué. Vemos al protagonista inserto nuevamente en su entorno, cumpliendo con el papel que se le ha asignado. Esta vez ya no 'pedaleará' para generar energía eléctrica, su función es la de mimetizar el entorno y ofrecer un sentimiento de rebeldía, de auto-control, a quienes continúan inmersos en su lucha por ganar -o perder la menor cantidad posible- sus créditos virtuales.
En cambio, lo vemos guardar aquel pedazo puntiagudo de cristal en un estuche costosísimo, y dar pausados tragos al jugo de naranja que alguien ha servido para él.

S01E03: The Entire History of You
La relación de pareja llevada hasta sus últimas consecuencias. Un dispositivo bio-mecánico conecta el cerebro al nervio óptico, permitiendo grabar en alta definición lo que sucede en todo momento, indexándolo, y con la capacidad adicional de poder proyectar ese contenido en una pantalla externa. También puede visualizarse echando mano de una especie de párpado artificial que bloquea estímulos externos.


Con la posibilidad de 'rebobinar' todos y cada uno de nuestros recuerdos, ¿quién puede sustraerse a la tentación del detective, es decir, buscar qué está más allá de los meros gestos y palabras, olvidados tan pronto dirigimos nuetra atención a otros sucesos?
La pareja protagonista, con un niño de por medio, es puesta a prueba cuando un deliz de la mujer deja entrever que un amorío pasado fue mucho más profundo de lo que ella misma afirmó. De un par de días de aventura se pasa a un mes, y después a medio año. Ella se reencuentra con su antiguo amor, y no puede evitar las emociones que brotan en su rostro, modificando su semblante sin que él pueda ignorarlo.
Las relaciones íntimas tórnanse mecánicas. Si no existe la suficiente satisfacción, siempre se tiene la posibilidad de reproducir una sesión anterior, donde el encuentro sexual haya sido más gratificante. Sólo hay que buscar entre el menú, y rescatar lo que se desea.


Este ingenio tecnológico da pie a un bandidaje nunca antes visto: ladrones que abren el cuello de la víctima para sustraer el 'chícharo', donde se almacenan las memorias grabadas.
Acuciado por la ira, el protagonista se enfrenta al antiguo compañero de cama de su esposa, y lo obliga a borrar todas las escenas donde ella aparece. Al regresar a casa, exige que ella le muestre las escenas que él borró, para apreciar mejor hasta dónde tales encuentros fueron o no, importantes en su momento para ella.


Ella intenta borrarlos, pero él la detiene, y finalmente observa en pantalla, con lujo de detalles, la respuesta desinhibida ante las caricias, los besos, y el contacto íntimo. Pero eso mismo rebaja y satiriza: su esposa no perdonará aquello, y le abandona llevándose con ella a su hijo, de cuya paternidad él ha comenzado a dudar.
La vida entera de un ser humano, sus recuerdos en alta definición, caben en una pastilla minúscula.
Mas, a pesar de todo, el protagonista no soporta la carga de los recuerdos pretéritos, y de la presencia de ella en un presente donde sólo hay silencio y vacío. Finalmente, él se retira la pastilla.
Ha comprendido que la memoria, y el acceso a esa memoria, es una maldición.
1610
Nam stat fua cuiq~ dies, breue et irreparabile tempus.

Comentarios

Jesus Olague ha dicho que…
¿Dónde la ves?
Francisco Arriaga ha dicho que…
En mi ordenata, bajadita de la red:

Black Mirror.

Esta semana se proyectó el 2do. episodio de la 2da. temporada. La próxima semana emitirán el 3ro. y último. Ignoro si esto se pasa por algún canal de cable, y de ser así, qué compañía acá lo transmite.

Los subtítulos los encuentras en www.subtitulos.es