Otra muerte

No es fácil arribismo, o conveniencia alguna. El tema de la muerte en cuanto tal parece esquivarse de toda conversación, como si fuera de mal agüero hablar de quienes hasta cierto punto han dejado de estar 'entre nosotros'.

Las cifras alarmantes de muertes e infecciones siguen creciendo, las vacunas al parecer vienen ya en camino, y quizá en un par de semanas estemos siendo vacunados a diestra y siniestra contra esa gripe de padre y señor mío.

Mientras tanto, sólo nos queda ver cómo seguirán cayendo quienes vayan a caer, cómo las medidas urgentes se impondrán hasta ser prácticamente paranoicas, cómo la desconfianza crecerá de nueva cuenta entre país y país, y cómo dentro de algunos meses todo volverá a la normalidad.

Personalmente me cuestiono frecuentemente qué es lo que estoy dejando de hacer, y que pude haber hecho en favor de otros. Hace no mucho conversaba con Simitrio sobre las obsesiones que desde que tengo uso de razón me persiguen: libros, música, historia y memoria.

La creación de algo, sea música, literatura, arquitectura o cine parte de una vertiente que excluye con frecuencia a su contrario. Se crea por el afán de crear, cediendo al impulso de una 'musa', o se crea con la finalidad de permanecer, de traspasar los umbrales del tiempo físico, y el espacio con su territorio.

Las creaciones elaboradas bajo cualquiera de esos precedentes pueden permanecer, si bien por razones ajenas a ellas mismas: Alfonso Reyes observaba muy bien que la anonimidad es rasgo común de las primeras obras, y conforme las obras se diluyen en la conciencia colectiva tienden a perdurar mucho más allá de la vida de su creador. Esto mismo no es nuevo: Miguel de Unamuno también lo escribió, y antes que él, otros muchos.

En el mundo globalizado que nos ha tocado vivir, ¿efectivamente hay algo que 'podamos legar' a la posteridad? Es decir, si en un par de días enfermara de la fementida gripa y me tocara aumentar y corroborar las estadísticas de mortandad del 60% entre los infectados, habré dejado algo a los demás, siquiera a mi propia familia, a los amigos?

Y sin embargo soy conciente que dejo precisamente aquello que no quiero: agua contaminada cada vez que me ducho, aire menos puro cuando manejo el coche, residuos plásticos cada vez que abro una bolsa de cereal o de sabritas.

Los alcances de mis propias acciones me son desconocidos, y no sé -a Dios gracias no tengo ese don- cuánto tiempo me quede en la tierra, lo que sé es que hay mucho por agradecer, a quienes han escrito pensando en sí y en otros, a quienes han interpretado esa música que me gusta y que por su interés mismo no dejan que papeles amarillentos y quebradizos terminen haciéndose polvo dejándonos sin la música de Vivaldi o Buxtehude, sin las obras de los filósofos medievales o la literatura de principios del siglo pasado.

Poco más nos queda a nosotros, depositarios y herederos directos de la tradición que pesa sobre nuestros hombros, que agradecer. Y la mejor manera de agradecer es disfrutando aquello que los demás nos han legado: leyendo, bailando, pensando, viviendo.

No está en mis manos saber si moriré de gripe o estampado contra un tráiler -cosa harto común por acá- lo que sí está en mis manos es 'aprovechar' y saborear lo que otros han dejado, pensando en los demás, regalando un pedazo de vida:

esa es la vía más segura de escapar a la muerte.



Nam stat fua cuiq~ dies, breue et irreparabile tempus.

Comentarios

Sender Eleven ha dicho que…
Mmmm. Parece testamento... ¿Me puedo quedar con tu blog?
Francisco Arriaga ha dicho que…
cuál de todos? tengo como 15...
Jesus Olague ha dicho que…
Ya en esto de pedir, y si no es mucho pedir, para no entrar en controversias, juicios, intestados, pleitos y demás pendejadas, por mí que el blog que se lo quede Sender si quiere, pero sólo si a mí me dejas las melancholías
Sender Eleven ha dicho que…
Ya dijiste Jesus.